Cobre

Cobre: es el oligoelemento esencial para la respiración celular, el tejido conectivo y el hierro en sangre, con fuentes, déficit, Menkes y Wilson.

Los romanos llamaban al cobre aes Cyprium —metal de Chipre—, porque las minas de esa isla mediterránea abastecieron al mundo antiguo durante milenios. El símbolo Cu procede del latín cuprum, que a su vez viene del nombre de la isla. La Edad del Bronce —el período que transformó la civilización— se construyó sobre la aleación del cobre con el estaño. Antes de ser una variable en las analíticas clínicas, el cobre fue literalmente la base tecnológica de la historia humana.

En tu organismo su papel es más discreto, pero igual de fundamental. El cobre oscila entre dos estados de oxidación —Cu²⁺ y Cu⁺— con facilidad, y esa química redox lo convierte en catalizador insustituible de la respiración celular, la defensa antioxidante, la síntesis del tejido conectivo, la producción de neurotransmisores y el transporte del hierro en sangre. Es un oligoelemento que tu organismo gestiona con precisión molecular: su exceso y su déficit, cuando se producen por mutaciones en sus propios transportadores, generan dos enfermedades con nombre propio que marcan los dos extremos del metabolismo del cobre.

¿Cuánto cobre necesitas?

La EFSA establece ingestas de referencia de cobre diferenciadas por sexo:

GrupoIngesta de referencia (EFSA)
Adultos hombres1,6 mg/día
Adultos mujeres1,3 mg/día
Embarazo1,5 mg/día
Lactancia1,5 mg/día
Adolescentes 15–17 (hombres)1,6 mg/día
Adolescentes 15–17 (mujeres)1,3 mg/día
Niños 10–141,0–1,3 mg/día
Niños 7–90,7 mg/día
Niños 4–60,6 mg/día
Niños 1–30,6 mg/día

El nivel máximo tolerable es de 5 mg/día para adultos. El exceso crónico de cobre produce daño hepático —el hígado es el principal órgano de almacenamiento y regulación— y puede llegar a una cicatrización progresiva del tejido hepático que destruye su función —la cirrosis—. Tu sistema gastrointestinal regula la absorción de cobre en función de tus reservas (entre el 25 y el 40 % de la ingesta dietética en condiciones normales), pero esta regulación tiene límites.

¿Para qué necesitas el cobre?

El cobre actúa como la pieza metálica que al menos ocho familias de enzimas humanas necesitan para funcionar —su cofactor—. Las más relevantes para la fisiología general:

Citocromo c oxidasa (Complejo IV) — El cobre ocupa el núcleo del sistema de reacciones que genera, dentro de la mitocondria, la mayor parte de la moneda energética de las células —el ATP—. Ese sistema es la cadena respiratoria mitocondrial; el cobre trabaja en su último paso compartiendo protagonismo con el hierro en los centros CuA y CuB. Cada ciclo de reducción del oxígeno a agua —la reacción que cierra la respiración aerobia y bombea protones para sintetizar ese ATP— requiere el ciclado Cu²⁺/Cu⁺ en ambos centros. Sin cobre funcional en el Complejo IV, la producción de ATP aerobio colapsa.

Ceruloplasmina — La principal proteína plasmática que contiene cobre actúa como la enzima que convierte el hierro de su forma divalente (Fe²⁺) a su forma trivalente (Fe³⁺) —la ferroxidasa—, de modo que pueda unirse a la proteína que transporta el hierro en sangre —la transferrina— y circular hacia la médula ósea. Sin ceruloplasmina funcional, el hierro queda atrapado en las células que lo almacenan —especialmente en las células inmunitarias especializadas en capturar partículas, los macrófagos, y en el hígado— y no puede movilizarse. La consecuencia es una anemia que parece de hierro pero no lo es.

Cu/Zn-superóxido dismutasa (SOD1) — Actúa como primera línea de defensa antioxidante en el citosol. El cobre en el centro activo neutraliza el radical superóxido (O₂•⁻) producido por la cadena respiratoria y otras fuentes, convirtiéndolo en peróxido de hidrógeno, que la catalasa y las peroxidasas procesan después. El zinc en SOD1 tiene un papel estructural, no redox. Mutaciones en el gen SOD1 causan una forma hereditaria de la enfermedad que destruye progresivamente las neuronas que controlan el movimiento voluntario —la esclerosis lateral amiotrófica (ELA)—.

Lisil oxidasa (LOX) — Cataliza la oxidación de residuos de lisina en las cadenas de colágeno y elastina, generando grupos aldehído reactivos que se enlazan espontáneamente entre cadenas adyacentes. Sin esos entrecruzamientos, el colágeno y la elastina no tienen la resistencia mecánica para soportar tensión: tus paredes arteriales se debilitan, tus huesos pierden resistencia y tu piel se vuelve laxa. El cobre es, a través de la LOX, responsable de la integridad estructural del tejido conectivo.

Dopamina beta-hidroxilasa (DBH) — Convierte el neurotransmisor del sistema de recompensa —la dopamina— en la hormona que regula la respuesta al estrés —la noradrenalina— en las vesículas de las neuronas adrenérgicas y la médula suprarrenal. Las dos pertenecen al grupo de moléculas de señalización de estructura similar —las catecolaminas—, y el salto entre ellas depende del cobre en el centro activo de la DBH.

Tirosinasa — Cataliza los primeros pasos de la síntesis del pigmento que da color a la piel y al cabello —la melanina— a partir de un aminoácido —la tirosina—, en las células especializadas en esa producción —los melanocitos—. El déficit de cobre reduce la producción de melanina, lo que se manifiesta como canicie prematura o pérdida de pigmentación en animales.

Seis enzimas, seis procesos sin reemplazo posible.

Fuentes de cobre en la dieta

El hígado y los mariscos, especialmente los bivalvos, son las fuentes más concentradas con diferencia:

AlimentoCobre por 100 g
Hígado de ternera (cocido)~9,8 mg
Ostras (cocidas)~4,5 mg
Semillas de sésamo (tostadas)~4,1 mg
Cacao puro en polvo~3,8 mg
Anacardos tostados~2,2 mg
Semillas de girasol~1,8 mg
Champiñones (crudos)~0,5 mg
Lentejas cocidas~0,5 mg
Garbanzos cocidos~0,35 mg
Plátano~0,1 mg

Fuente: USDA FoodData Central.

El hígado de ternera supera con creces el nivel máximo tolerable si consumes 100 g diarios de forma habitual; el consumo ocasional no plantea ningún problema. La mayor parte de la ingesta diaria en dietas occidentales procede de cereales integrales, legumbres, frutos secos y el agua del grifo que ha circulado por tuberías de cobre.

El cobre y el hierro: una relación inesperada

La conexión entre el cobre y el hierro es uno de los hallazgos más contraintuitivos del metabolismo mineral. La anemia puede ser un síntoma de déficit de cobre, pero no porque falte hierro: faltan las enzimas que lo movilizan.

La ceruloplasmina, sintetizada en el hígado y secretada al plasma con sus seis átomos de cobre incorporados, es una ferroxidasa: el hierro solo puede salir de las células y unirse a la transferrina en su forma oxidada (Fe³⁺), y la ceruloplasmina es la que realiza esa oxidación. Cuando escasea el cobre, la ceruloplasmina pierde actividad y el hierro queda atrapado dentro de los macrófagos y el hígado. Los depósitos de la proteína que almacena el hierro dentro de las células —la ferritina— aparecen elevados o normales, pero el hierro no circula.

Lo mismo ocurre en las células de la pared intestinal que absorben y exportan nutrientes al torrente sanguíneo —el enterocito—: la proteína similar a la ceruloplasmina anclada en la cara externa de esa pared —la hephaestina— también requiere cobre para oxidar el hierro antes de exportarlo al plasma. Sin cobre, la exportación de hierro desde la célula intestinal falla igualmente.

El resultado clínico es una anemia que no responde al tratamiento con hierro, porque el problema no es la cantidad de hierro sino su movilización. En los análisis de sangre se observa una anemia con glóbulos rojos más pequeños de lo normal —la anemia microcítica— o con glóbulos rojos de tamaño normal —la normocítica—, ferritina normal o elevada y transferrina baja. Para confirmarlo, la analítica debe incluir ceruloplasmina sérica y cobre plasmático.

Los niños con anemia ferropénica que no responde al hierro siempre deben descartar déficit de cobre.

Menkes y Wilson: los dos extremos del metabolismo del cobre

El cobre entra al organismo por las células intestinales mediante el transportador CTR1, se distribuye por la sangre unido a proteínas acompañantes que lo trasladan de forma segura hasta cada enzima de destino —las chaperonas— y llega a cada enzima por una ruta controlada. Las dos proteínas que bombean el cobre fuera de las células —los transportadores ATP7A y ATP7B— operan en lugares distintos: el ATP7A, en el intestino y los tejidos periféricos; el ATP7B, en el hígado, exportando el exceso hacia la bilis. Cuando alguno falla, el resultado es catastrófico, pero en sentidos opuestos.

Enfermedad de Menkes (deficiencia de ATP7A, una alteración que afecta casi exclusivamente a niños varones por estar ligada al cromosoma X): el transportador que extrae el cobre del enterocito hacia la circulación y lo distribuye en el cerebro y otros tejidos no funciona. El cobre se acumula en las células intestinales pero no llega a la sangre. El resultado sistémico es un déficit profundo de cobre en todos los tejidos. Los lactantes afectados presentan convulsiones, músculos sin tono —la hipotonía—, regresión neurológica y, de forma característica, el pelo «en alambre» (pili torti): los folículos pilosos carecen de lisil oxidasa funcional, el tallo del cabello pierde su estructura normal y se vuelve frágil, retorcido y con el aspecto visual del acero inoxidable. La fragilidad del tejido conectivo produce también que las articulaciones y los vasos sanguíneos se vuelvan anormalmente extensibles y frágiles —la hiperelasticidad articular y vascular—. Sin tratamiento, la enfermedad es fatal en la infancia temprana. La administración subcutánea de complejo cobre-histidina —que elude el bloqueo intestinal— puede frenar el deterioro si se inicia en los primeros días de vida.

Enfermedad de Wilson (deficiencia de ATP7B, una alteración en la que ambas copias del gen, una heredada de cada progenitor, deben estar dañadas para que la enfermedad se manifieste —es decir, autosómica recesiva—): el transportador que exporta el exceso de cobre desde el hepatocito a la bilis no funciona. El cobre se acumula progresivamente en el hígado (hepatitis → cirrosis), el cerebro (dificultad para articular palabras —la disartria—, temblor, contracciones musculares involuntarias que provocan posturas o movimientos anormales —la distonía— y psicosis) y el endotelio de la córnea. La señal que aparece únicamente en esta enfermedad y en ninguna otra —el signo patognomónico— son unos depósitos de color dorado-parduzco en la periferia de la córnea, visibles con lámpara de hendidura y presentes en más del 90 % de los pacientes con afectación neuropsiquiátrica: los anillos de Kayser-Fleischer. El tratamiento incluye compuestos que se unen al cobre para facilitar su excreción —los quelantes del cobre— (d-penicilamina o trientina), suplementación con zinc —que compite con el cobre en la absorción intestinal, reduciendo la carga— y trasplante hepático en los casos avanzados.

Menkes y Wilson son opuestos perfectos: mismo metal, mismos transportadores como protagonistas, consecuencias en direcciones contrarias.

¿Qué ocurre si te falta cobre?

El déficit de cobre produce un cuadro que puede parecerse al de otras deficiencias. La manifestación más frecuente es la combinación de anemia —normocítica o microcítica, que no responde al hierro— con una reducción de los neutrófilos, los glóbulos blancos que combaten las infecciones bacterianas —la neutropenia—. El cobre es necesario para la maduración de las células de la médula ósea de las que derivan los neutrófilos —los granulocitos—, y su escasez eleva el riesgo de infecciones.

La afectación neurológica puede ser notable: degeneración de las columnas posteriores de la médula espinal, similar a la que produce el déficit de vitamina B12 —la mielopatía—, con marcha inestable, hormigueo o entumecimiento en las extremidades —las parestesias—, y pérdida de la capacidad que informa al cerebro de la posición del cuerpo en el espacio —la sensibilidad propioceptiva—. Se han descrito casos de mielopatía por déficit de cobre que durante años fueron diagnosticados erróneamente como esclerosis múltiple.

Las causas adquiridas más frecuentes son:

Suplementación excesiva de zinc. El zinc induce en el enterocito la producción de una proteína que une el cobre con mayor afinidad que el propio zinc, secuestrándolo —la metalotioneína—, bloqueando su absorción. Dosis de zinc superiores a 50 mg/día mantenidas durante semanas son suficientes para producir déficit de cobre.

Cremas adhesivas dentales con zinc. El uso abundante y diario de adhesivo para prótesis dental con alto contenido en zinc ha causado neuropatía por déficit de cobre en varios casos documentados.

Cirugía bariátrica y gastrectomía. La resección gástrica reduce la acidez que facilita la reducción del Cu²⁺ a Cu⁺ para su absorción.

Aporte parenteral prolongado sin suplementación de cobre. Si los nutrientes llegan exclusivamente por vía intravenosa y la fórmula no incluye cobre, las reservas se agotan progresivamente en semanas o meses.

Malabsorción intestinal (enfermedad celíaca, enfermedad de Crohn, síndrome de intestino corto). Reduce la absorción de cobre incluso cuando la ingesta dietética es adecuada.

Los grupos con mayor riesgo son los lactantes prematuros —reservas hepáticas insuficientes al nacer, dieta láctea pobre en cobre—, los pacientes postoperados de cirugía bariátrica sin seguimiento nutricional y quienes toman dosis altas de zinc sin supervisión. Dosis de zinc de 50 mg/día o más, habituales en suplementos de venta libre, son suficientes para producir neutropenia y neuropatía si se mantienen sin monitorizar el cobre plasmático.

Menkes y Wilson son la prueba de que el cobre no admite margen de error: cuando el transportador que lo extrae del intestino falla, el sistema neurológico se destruye por déficit; cuando falla el del hígado, se destruye por exceso. Mismo metal, misma catástrofe, sentidos opuestos.


Fuentes: EFSA Panel on Dietetic Products, Nutrition and Allergies (NDA). Dietary reference values for copper. EFSA Journal. 2015. · European Association for Study of the Liver. EASL Clinical Practice Guidelines: Wilson’s disease. J Hepatol. 2012.

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