Selenio

Selenio: es el oligoelemento que tu cuerpo integra como aminoácido en 25 selenoproteínas, clave para el tiroides y la defensa antioxidante celular.

Selenio

En los ranchos de Wyoming y Dakota del Sur, en la primera mitad del siglo XX, los ganaderos conocían bien un síndrome sin nombre oficial: caballos y vacas que perdían el pelo y las pezuñas, se volvían ciegos, se tambaleaban y morían. Lo llamaban «mal de los álcalis». Décadas después descubrirían la causa: los suelos de esas praderas acumulaban tanto selenio que las plantas que crecían en ellos lo incorporaban hasta concentraciones tóxicas para los animales que las pastaban.

El giro llegó en 1957, cuando Klaus Schwarz y Calvin Foltz demostraron que ratas con una dieta sin trazas de selenio desarrollaban una destrucción progresiva del hígado —la necrosis hepática— que se revertía completamente al añadir el elemento. La misma sustancia que mataba al ganado en las praderas era esencial para los mamíferos de laboratorio. En los años setenta, la enfermedad de Keshan —un deterioro grave del músculo cardíaco que afectaba a niños y mujeres de zonas de China con suelos agotados de selenio— confirmó lo que los experimentos en ratas sugerían: también esencial para los humanos. Del veneno al nutriente: cuatro décadas.

Se calcula que aproximadamente mil millones de personas en el mundo ingieren menos selenio del que necesitan, la mayoría en regiones con suelos pobres en el elemento. Europa continental tiene niveles variables, con el norte del continente —Finlandia, Suecia, partes del Reino Unido— en el extremo bajo de la distribución. Finlandia respondió en 1984 con una decisión sin precedentes: añadir selenato sódico a todos los fertilizantes agrícolas del país. Es la única intervención de salud pública de ese tipo en el mundo, y funcionó: la ingesta media de la población finlandesa aumentó de forma medible en pocos años.

Lo que distingue al selenio de los minerales que conoces mejor —el hierro, el zinc, el cobre— es lo que tu cuerpo hace con él. Esos tres se acoplan a las proteínas que los necesitan desde fuera de su cadena: pueden entrar y salir, competir entre sí, sustituirse en algunos casos. El selenio no. Tu cuerpo lo convierte en un aminoácido propio —la selenocisteína— y lo inserta directamente en la cadena de la proteína mientras la fabrica, como si fuera cualquier otro aminoácido. Eso convierte al selenio en el único oligoelemento literalmente cosido en la estructura de las proteínas que dependen de él. Tu genoma codifica 25 selenoproteínas, y cada una lleva selenio incorporado en su interior.

¿Cuánto selenio necesitas?

La EFSA estableció en 2014 la ingesta de referencia para la población (PRI) de selenio:

GrupoPRI (EFSA 2014)
Lactancia85 µg/día
Adultos (hombres y mujeres)70 µg/día
Embarazo70 µg/día
Adolescentes 15–1770 µg/día
Adolescentes 11–1455 µg/día
Niños 7–1035 µg/día
Niños 4–620 µg/día
Niños 1–315 µg/día

El nivel máximo tolerable para adultos es de 300 µg/día según la EFSA —el Instituto de Medicina de EEUU fija el umbral en 400 µg/día—. Lo que hace al selenio especialmente delicado es la proximidad entre la ingesta óptima y la tóxica: a partir de ingestas crónicas superiores a 300–400 µg/día aparece un síndrome con aliento que huele a ajo, caída de cabello, fragilidad y pérdida de uñas, y en casos graves daño en los nervios de las extremidades —la selenosis—. El olor a ajo no es una metáfora: el selenio que tu cuerpo no puede excretar por la orina lo elimina a través de los pulmones en forma de dimetilselenio, un compuesto volátil con ese olor característico.

La selenocisteína: el aminoácido exclusivo del selenio

Entender por qué el selenio se comporta de forma tan distinta al resto de minerales requiere una pincelada de biología básica. Cuando tus células fabrican una proteína, siguen unas instrucciones escritas en el ADN. Esas instrucciones se leen como tripletes de letras —los codones— que le dicen a la maquinaria celular encargada de ensamblar proteínas —el ribosoma— qué aminoácido añadir a continuación. Uno de esos codones, el UGA, es normalmente una señal de parada: le indica al ribosoma que la proteína está completa y puede soltarla.

Para las selenoproteínas, tu célula hace algo inusual: reutiliza ese codón de parada para que signifique otra cosa. El plan de instrucciones para fabricar esas proteínas lleva incorporada una señal adicional —que actúa como una nota al margen que dice «aquí no pares, añade selenocisteína»— y unas proteínas especializadas la reconocen para redirigir al ribosoma e insertar el aminoácido del selenio en lugar de detener el ensamblado. Este mecanismo de reutilización no existe para ningún otro mineral: el selenio es el único que requiere maquinaria genética específica para incorporarse a las proteínas.

¿Por qué tu organismo usa selenio y no azufre —el elemento más parecido químicamente— en esas posiciones críticas? La respuesta es la reactividad. A la temperatura y el pH normales de tu cuerpo, el átomo de selenio está mucho más disponible para reaccionar que el átomo de azufre equivalente. Eso convierte a las enzimas que contienen selenio en catalizadores entre cien y diez mil veces más rápidos que sus versiones con azufre. En posiciones donde la velocidad importa —neutralizar un oxidante antes de que dañe una membrana, por ejemplo— no se puede simplemente intercambiar uno por el otro.

Por eso no hay sustituto del selenio en esas 25 proteínas: el azufre equivalente reacciona cien veces más despacio a temperatura corporal.

De las 25 selenoproteínas humanas, las más relevantes pertenecen a tres familias:

Glutatión peroxidasas (GPx). Son la principal defensa antioxidante de tus células: neutralizan los oxidantes que el metabolismo genera de forma continua antes de que dañen el ADN, las membranas o las proteínas.

Tiorredoxina reductasas (TrxR). Recargan otras moléculas antioxidantes que han gastado su capacidad protectora, manteniéndolas útiles. Sin ellas, el sistema antioxidante se agota con más rapidez.

Yodotironina deiodinasas (DIO). Activan y desactivan la hormona tiroidea controlando cuántos átomos de yodo lleva en cada momento. Son el mecanismo de ajuste fino de la señal tiroidea en cada tejido.

La proteína que distribuye el selenio a través de la sangre —la selenoproteína P (SELENOP)— contiene más residuos de selenocisteína que cualquier otra y, cuando el selenio escasea, lo prioriza hacia el cerebro y los testículos.

¿Para qué sirve el selenio?

Tus células producen moléculas oxidantes de forma constante e inevitable como subproducto de generar energía. En dosis controladas, esas moléculas —los radicales libres— son útiles: sirven de señal y tienen funciones defensivas. El problema aparece cuando se acumulan sin control y atacan estructuras celulares que no se reparan con facilidad: el ADN, las proteínas, las membranas. Para eso existen las glutatión peroxidasas.

GPx1 es la más abundante y opera en el interior de la célula, fuera de las membranas. Neutraliza el tipo de oxidante más frecuente que generan las centrales energéticas de tus células —las mitocondrias— utilizando como cofactor un tripéptido antioxidante que tus células fabrican a partir de tres aminoácidos —el glutatión (GSH)—. Es la primera línea de defensa frente al estrés oxidativo interno.

GPx4 es la más singular de la familia. A diferencia de GPx1, puede trabajar directamente dentro de las membranas celulares y neutralizar los daños oxidativos que se producen en el interior de la doble capa molecular que forma cada membrana —la bicapa—. Eso importa más de lo que parece: cuando esos daños se acumulan sin freno y hay hierro libre en la célula, se desencadena una cascada de destrucción membranosa en cadena que termina en la muerte celular. Este mecanismo —descubierto en 2012 y llamado ferroptosis— aparece en el daño neuronal de varias enfermedades neurodegenerativas, en la lesión renal aguda y en el daño que ocurre cuando la sangre vuelve a un tejido tras un período sin oxígeno —la isquemia-reperfusión—. GPx4 es el único freno de ese proceso.

GPx4 es el único freno de ese colapso membranoso. Y GPx4 depende del selenio.

Una variante de GPx4 presente solo en los espermatozoides tiene, además, una función estructural: forma parte de la cápsula que rodea las centrales energéticas del flagelo espermático. Los varones con deficiencia de selenio pueden producir espermatozoides con morfología anómala e infertilidad; un hallazgo reproducible en modelos animales y con relevancia clínica en poblaciones con bajo aporte de selenio.

El selenio y el tiroides

Tu tiroides concentra más selenio por gramo de tejido que cualquier otro órgano de tu cuerpo. No es casualidad: la fabricación y la activación de las hormonas tiroideas dependen de selenoproteínas en varios pasos del proceso.

La hormona que tu tiroides produce directamente —la tiroxina (T4)— es en realidad una forma inactiva: necesita perder un átomo de yodo para convertirse en la forma activa que los tejidos pueden usar —la T3—. Esa conversión la realizan las yodotironina deiodinasas, y todas ellas necesitan selenio. Existen tres variantes: la que trabaja principalmente en el hígado, el riñón y el propio tiroides (DIO1); la que activa la hormona localmente en el cerebro, la hipófisis y el músculo, donde la demanda de T3 es especialmente alta (DIO2); y la que inactiva tanto T4 como T3 en la placenta, el cerebro y la piel (DIO3). Las tres usan selenio. Cuando el selenio escasea, la conversión de T4 en T3 cae y tus tejidos reciben menos hormona activa aunque el tiroides esté físicamente intacto.

Hay otra razón, menos obvia, por la que el tiroides necesita tanto selenio: se protege de sí mismo. Para fabricar hormonas tiroideas, la célula tiroidea produce peróxido de hidrógeno —un oxidante potente—. Ese oxidante es necesario para el proceso, pero si no se neutraliza rápidamente, daña la propia célula que lo generó. Las selenoproteínas de la familia GPx en el tiroides realizan esa neutralización. Sin selenio suficiente, tu tiroides queda más expuesto al estrés oxidativo que él mismo genera.

La autoinmunidad tiroidea más frecuente en países con aporte de yodo suficiente —la tiroiditis de Hashimoto— ha sido objeto de varios ensayos clínicos con selenio. Dosis de 200 µg/día de selenometionina —la forma en que las plantas incorporan el selenio en sus proteínas— han mostrado reducciones de los anticuerpos que atacan a la enzima que tu tiroides usa para fabricar hormonas —la tiroperoxidasa— de entre el 20 y el 40 % en personas con Hashimoto. La evidencia no es suficiente para recomendar la suplementación de forma rutinaria, pero la relación biológica entre selenio y autoinmunidad tiroidea aparece reconocida en las guías europeas de tiroides.

El tiroides produce su propio oxidante para fabricar hormonas. Y necesita selenio para no dañarse con él.

Fuentes de selenio en la dieta

El contenido de selenio en lo que comes depende, más que en casi cualquier otro nutriente, del suelo donde se produjo. Esa variabilidad geográfica hace que las tablas de composición nutricional sean orientativas:

AlimentoSelenio por cada 100 g
Nuez de Brasil1.917 µg (muy variable: 10–400 µg/unidad)
Atún (en lata, al natural)80 µg
Halibut (cocinado)54 µg
Sardinas (en lata)53 µg
Gambas (cocidas)40 µg
Carne de cerdo (cocinada)35 µg
Huevos enteros32 µg
Carne de vacuno (cocinada)26 µg
Pan integral de trigo26 µg
Lentejas cocidas6 µg

Valores aproximados. Fuente: USDA FoodData Central. Los valores de cereales y legumbres son especialmente variables según el origen geográfico.

La nuez de Brasil (Bertholletia excelsa) merece mención aparte. Sus frutos acumulan el selenio del suelo amazónico, que en algunas zonas es excepcionalmente rico. Una sola nuez puede contener entre 70 y 90 µg —la ingesta de referencia diaria completa—, pero ese valor puede ser diez veces inferior en nueces de zonas pobres en selenio y cuatro veces superior en zonas especialmente ricas. El consumo habitual de más de cuatro o cinco nueces al día puede superar el nivel máximo tolerable con facilidad.

Una nuez de Brasil puede cubrir toda la ingesta de referencia del día. O puede triplicarla. Todo depende del suelo amazónico.

La dimensión geográfica tiene consecuencias que van más allá de las fuentes individuales. Nueva Zelanda, Finlandia y amplias zonas de China tienen suelos con muy bajo contenido en selenio; el norte de América y el sur de América del Sur tienen suelos más ricos. Los mariscos obtienen el selenio del agua de mar, cuya concentración es más homogénea que la de los suelos agrícolas; las carnes lo acumulan de forma más constante porque los animales terrestres compensan parte de la variación del suelo donde crecieron sus alimentos. Si tu dieta es predominantemente vegetal en una zona con suelos pobres en selenio, tienes el perfil con mayor riesgo de ingesta insuficiente.

¿Qué ocurre si te falta selenio?

En la provincia de Heilongjiang, en el noreste de China, una franja geográfica con suelos extremadamente pobres en selenio causó durante décadas una enfermedad endémica con nombre propio: la enfermedad de Keshan, descrita por primera vez en el condado homónimo en los años treinta. Se trata de un deterioro progresivo del músculo del corazón que destruye su capacidad para bombear sangre con eficacia —una miocardiopatía congestiva—, que afectaba principalmente a niños y mujeres en edad fértil y tenía una mortalidad elevada. La suplementación masiva con selenio en las comunidades afectadas redujo drásticamente su incidencia.

La historia no termina ahí. El selenio sérico bajo por sí solo no era suficiente para reproducir la enfermedad en animales de laboratorio, lo que llevó a investigar si había un segundo factor. Los estudios de Mark Beck en la Universidad de North Carolina mostraron que los ratones deficientes en selenio infectados con un virus con predilección por el tejido cardíaco —el Coxsackievirus B— desarrollaban una inflamación del músculo del corazón —la miocarditis— más grave que los controles con selenio suficiente. Más relevante: el virus recuperado de los ratones deficientes había mutado hacia variantes genéticamente más agresivas. La enfermedad de Keshan requería, así, dos factores: el suelo pobre y el virus. El selenio determinaba qué versión del patógeno se multiplicaba.

Otra enfermedad endémica de zonas de China, Tíbet y partes de Rusia con déficit de selenio afecta a los huesos y las articulaciones en la infancia —la enfermedad de Kashin-Beck—. Su causa es más compleja: intervienen también la deficiencia de yodo y las toxinas de hongos que contaminan el grano almacenado —las micotoxinas—. Se presenta como retraso del crecimiento esquelético y deterioro articular crónico con deformidades que en los casos graves afectan a manos, rodillas y pies.

Fuera de estas formas endémicas, el riesgo de deficiencia con una dieta variada en Europa occidental es bajo pero no nulo. Los suelos europeos tienen selenio variable, y si sigues una dieta puramente vegetal en una región con bajo contenido, tienes el perfil con mayor riesgo.

El selenio y el cáncer: cuando el ensayo no replicó al ensayo

En 1996, el equipo de Larry Clark publicó en JAMA los resultados del Nutritional Prevention of Cancer Trial (NPC): 1.312 pacientes con antecedentes de carcinoma cutáneo fueron aleatorizados a selenio (200 µg/día en forma de levadura selenizada) o placebo durante una media de 4,5 años. El resultado primario —incidencia de cáncer de piel— fue negativo. Los resultados secundarios no planificados cambiaron el campo: el grupo de selenio mostró reducciones del 63 % en cáncer de próstata, del 58 % en cáncer colorrectal y del 46 % en cáncer de pulmón.

Esos datos generaron una hipótesis y un mercado. Si el selenio reducía el cáncer, un ensayo definitivo era urgente. El Selenium and Vitamin E Cancer Prevention Trial (SELECT), iniciado en 2001, fue ese ensayo: 35.533 hombres aleatorizados a selenio (200 µg/día), vitamina E (400 UI/día), ambos o placebo. Era el ensayo de prevención de cáncer de próstata más grande de la historia.

En 2008, el comité de datos independiente recomendó su interrupción prematura por inutilidad: no había ninguna reducción de cáncer de próstata en el grupo de selenio. El seguimiento extendido publicado en 2009 y actualizado en 2014 confirmó el resultado nulo, y añadió una señal preocupante: la vitamina E sola mostraba un aumento estadísticamente significativo del riesgo de cáncer de próstata.

¿Cómo se reconcilian NPC y SELECT? El análisis retrospectivo del NPC reveló que el beneficio estaba concentrado en los participantes con selenio plasmático inicial por debajo de 106 µg/L. Por encima de ese umbral, el selenio no reducía el cáncer. Los participantes de SELECT tenían un selenio plasmático inicial medio de 135 µg/L —ya dentro del rango suficiente—. Suplementar a alguien que ya tiene selenio adecuado no reduce el cáncer; puede, en cambio, llevarlo hacia la parte alta del rango donde los efectos son, en el mejor caso, neutros.

La hipótesis sobrevivió al NPC, no sobrevivió a SELECT.

Mi lectura es que SELECT fue el mejor servicio que la ciencia pudo haberle hecho al selenio: no solo frenó un mercado que prometía lo que no podía cumplir, sino que señaló exactamente dónde y por qué el razonamiento observacional tiene sus límites.

El selenio es el único oligoelemento con ventana terapéutica en sentido estricto: la diferencia entre la ingesta que optimiza la función de las selenoproteínas y la que produce alopecia, neuropatía y aliento a ajo es de apenas cuatro veces; y saber de qué lado estás solo requiere un análisis de sangre.


Referencias

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