Cloro

Cloro: es el electrolito que produce el ácido del estómago, transporta el CO₂ en sangre e inhibe las neuronas; su déficit dietético es prácticamente imposible.

El cloro —que en el cuerpo existe casi exclusivamente como el ion cloruro (Cl⁻)— es el mineral anión más abundante del líquido extracelular: un adulto contiene unos 95 gramos, de los cuales aproximadamente el 70 % está en el plasma y el líquido intersticial, y el resto se distribuye entre el interior celular y los huesos. Su comportamiento en la dieta es inseparable del sodio: casi todo el cloro que consumes llega como la sal de mesa —el cloruro sódico (NaCl)—, y el cloro constituye el 60 % del peso de cada gramo de sal. Si tu ingesta de sodio es adecuada, tu ingesta de cloro también lo es, sin excepción. Lo que hace al cloro interesante no es su manejo dietético, sino sus funciones: produce el ácido que tu estómago necesita para digerir las proteínas, transporta el CO₂ desde los tejidos hasta los pulmones y actúa como el mensajero de la inhibición neuronal.

¿Para qué sirve el cloro?

Equilibrio de fluidos. El cloruro es el principal anión que acompaña al sodio en el líquido extracelular: sigue al sodio donde va para mantener la neutralidad eléctrica del plasma y los fluidos intersticiales. Juntos determinan la presión osmótica que regula la distribución de líquidos entre los compartimentos corporales.

Producción del ácido gástrico. Las células especializadas del estómago que extraen cloruro de la sangre y lo combinan con iones de hidrógeno para producir el ácido que caracteriza el jugo gástrico —las células parietales y su producto, el ácido clorhídrico (HCl)— son responsables de que la digestión de las proteínas pueda ocurrir. Sin cloro suficiente, la producción de HCl cae y la digestión se deteriora: sin un pH muy ácido, no puede activarse la forma inactiva de la principal enzima digestiva del estómago —el pepsinógeno— ni convertirse en su forma activa —la pepsina—.

Transporte de CO₂ en sangre. Cuando las células producen CO₂ como residuo metabólico, ese CO₂ entra en los glóbulos rojos y se convierte en la forma en que viaja la mayor parte del CO₂ hasta los pulmones —el bicarbonato (HCO₃⁻)—. Para que el bicarbonato salga del glóbulo rojo hacia el plasma, el cloruro entra en sentido contrario: ese canje es el mecanismo que permite transportar el CO₂ sin alterar el equilibrio eléctrico de los glóbulos rojos —el intercambio de cloruro, también llamado fenómeno de Hamburger—.

Neurotransmisión inhibitoria. El principal neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso central —el GABA— actúa abriendo canales de cloruro en la membrana neuronal. Cuando el GABA se une a su receptor, el Cl⁻ fluye hacia el interior de la neurona y la hace más difícil de activar. Este mecanismo es la base de la acción de los ansiolíticos, los barbitúricos y el alcohol: todos potencian la corriente de cloruro mediada por GABA.

La sensación de relajación que produce el alcohol tiene un mecanismo concreto: más cloruro entrando en las neuronas.

Defensa inmune. Los glóbulos blancos de primera línea contra las infecciones bacterianas —los neutrófilos— utilizan la enzima que convierte el cloruro en una molécula altamente reactiva capaz de destruir la membrana y el ADN de las bacterias fagocitadas —la mieloperoxidasa—, produciendo el ácido hipocloroso (HOCl). El cloro es parte del arsenal químico con el que tu sistema inmunitario elimina patógenos.

¿Cuánto cloro necesitas?

La EFSA ha establecido ingestas adecuadas (IA) para el cloruro derivándolas directamente de las del sodio: como el cloro representa el 60 % del peso del NaCl y el sodio el 40 %, las referencias de cloruro se obtienen multiplicando las de sodio por el cociente de masas atómicas (35,5/23 ≈ 1,54):

GrupoIngesta adecuada (EFSA)
Adultos3.100 mg/día
Embarazo y lactancia3.100 mg/día
Adolescentes 15–17 años3.100 mg/día
Adolescentes 12–14 años2.800 mg/día
Niños 7–11 años2.300 mg/día
Niños 4–6 años1.900 mg/día
Niños 1–3 años1.500 mg/día

Una cucharadita de sal (6 g de NaCl) aporta unos 3.600 mg de cloruro —por encima de la referencia diaria para adultos—. Cualquier dieta con una ingesta de sodio normal cubre automáticamente los requerimientos de cloruro, porque ambos iones llegan siempre juntos en la misma sal.

Fuentes de cloro en la dieta

A diferencia de la mayoría de los minerales, el cloro no tiene fuentes alimentarias propias significativas: su origen es casi exclusivamente la sal añadida durante el procesado o la cocción, o la que ya contienen los alimentos procesados. Las mismas fuentes que concentran sodio —conservas, embutidos, quesos curados, pan industrial— concentran cloruro en la misma proporción, porque ambos llegan como NaCl.

En cantidades menores, algunas verduras —apio, remolacha, tomate, espinacas— y las algas marinas contienen cloruro de forma natural, pero su contribución es marginal frente al aporte de la sal.

La absorción del cloro

Tu intestino absorbe más del 90 % del cloruro ingerido. La absorción tiene lugar principalmente en el intestino delgado, acoplada a la del sodio: los mismos transportadores que mueven sodio mueven cloruro en sentido paralelo para mantener la neutralidad eléctrica. El riñón regula la excreción de cloruro de forma coordinada con la del sodio, bajo el eje hormonal que, al detectar una caída de presión arterial o de volumen sanguíneo, activa la retención de sodio y cloruro —el sistema renina-angiotensina-aldosterona—.

¿Qué ocurre si falta o sobra cloro?

Si falta: El descenso del cloruro en sangre por debajo de 96 mmol/L —la hipocloremia— no resulta de una ingesta insuficiente en adultos con dieta normal; siempre tiene una causa que aumenta las pérdidas. Las más frecuentes son los vómitos prolongados —que eliminan HCl del estómago sin reponerlo—, el aspirado nasogástrico y los fármacos que aumentan la excreción renal de cloruro como efecto secundario —los diuréticos de asa, como la furosemida—. La consecuencia directa es que la sangre se vuelve menos ácida de lo normal —la alcalosis metabólica—: cuando el cloro cae, el riñón retiene bicarbonato para mantener la neutralidad eléctrica del plasma, y el pH sube. Los síntomas son debilidad muscular, espasmos y, en casos severos, arritmias cardíacas.

Un caso histórico ilustra cuándo sí puede producirse una deficiencia real: en los años setenta y ochenta se comercializaron en Estados Unidos fórmulas infantiles con contenido insuficiente de cloruro. Los lactantes alimentados exclusivamente con ellas desarrollaron alcalosis metabólica hipoclorémica con retraso del desarrollo —el único episodio documentado de deficiencia de cloro por ingesta dietética insuficiente en humanos.

Si sobra: El cloruro por encima de 108 mmol/L en sangre —la hipercloremia— acompaña generalmente al exceso de sodio. En el ámbito clínico, el exceso de cloruro más relevante no viene de la dieta sino de la reanimación con suero salino fisiológico (NaCl 0,9 %) en unidades de cuidados intensivos (UCI): el suero fisiológico contiene más cloruro que el plasma, y su administración en grandes volúmenes hace que la sangre se vuelva más ácida de lo normal por exceso de cloruro que desplaza al bicarbonato del plasma —la acidosis metabólica hiperclorémica—. Este hallazgo ha impulsado el uso de soluciones con proporciones de sales más similares a las del plasma —las soluciones balanceadas— en lugar del suero salino convencional en medicina intensiva.

La enfermedad que mejor ilustra la importancia del cloro no es ningún déficit ni exceso dietético: es una condición genética en que las células epiteliales no pueden transportar el cloruro a través de sus membranas —la fibrosis quística—, causada por mutaciones en el gen que fabrica esos canales de cloruro —el CFTR—. Cuando esos canales no funcionan, el cloruro queda atrapado dentro de las células, el moco que recubre los bronquios se vuelve espeso y pegajoso, y las infecciones pulmonares de repetición definen el curso de la enfermedad. La prueba diagnóstica de referencia mide el cloruro en el sudor —por encima de 60 mmol/L es diagnóstico— porque el CFTR defectuoso también impide que las glándulas sudoríparas reabsorban el cloruro normalmente.

El cloro no falta nunca en la dieta: lo garantiza la sal. Lo que puede fallar no es la ingesta, sino la capacidad de las células para moverlo.


Fuentes: EFSA Panel on Nutrition, Novel Foods and Food Allergens (NDA). Dietary Reference Values for sodium and chloride. EFSA Journal. 2019.

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