Cloro
Cloro: es el electrolito que produce el ácido del estómago, transporta el CO₂ en sangre e inhibe las neuronas; su déficit dietético es prácticamente imposible.
En 1979, el fabricante estadounidense Syntex reformuló su leche artificial para bebés reduciendo el contenido de cloruro para ajustarse a los límites de sodio que marcaban las guías de la época. Nadie relacionó el cambio con un riesgo. En los meses siguientes, cientos de lactantes alimentados exclusivamente con esa fórmula empezaron a desarrollar un cuadro extraño: retraso del desarrollo, apatía, apetito escaso, alteración del equilibrio ácido-base en sangre. Cuando la FDA investigó, encontró que la fórmula tenía un contenido de cloruro por debajo del mínimo necesario para los bebés. Era el primer y único caso documentado en la historia de una deficiencia de cloro por ingesta dietética insuficiente en humanos.
El episodio es extraordinario precisamente porque es único. A diferencia del hierro, el zinc o el yodo, cuya deficiencia afecta a cientos de millones de personas, el cloro es prácticamente imposible que escasee en cualquier dieta que incluya sal. Pero eso no lo convierte en un mineral menor: produce el ácido que el estómago necesita para digerir, transporta el gas de desecho que tus células producen al obtener energía —el dióxido de carbono (CO₂)— desde los tejidos hasta los pulmones y es la señal química con la que el cerebro frena sus propias neuronas. Un mineral que casi nadie menciona y que ningún órgano puede ignorar.
El cloro existe en el cuerpo casi exclusivamente como el ion de carga negativa que se forma al disolverse en los fluidos —el cloruro (Cl⁻)—. Esa carga importa porque los fluidos del cuerpo deben mantener el equilibrio eléctrico en todo momento: cada ion positivo exige un ion negativo que lo compense, y el cloruro es el principal encargado de esa compensación. Es el mineral de carga negativa más abundante en el líquido que rodea tus células: tu cuerpo contiene unos 95 gramos, de los cuales aproximadamente el 70 % está en la parte líquida de la sangre —el plasma— y en el líquido que baña las células desde fuera —el líquido intersticial—, y el resto se distribuye entre el interior celular y los huesos. Su comportamiento en la dieta es inseparable del sodio: casi todo el cloro que consumes llega como sal de mesa —el cloruro sódico (NaCl)—, y el cloro constituye el 60 % del peso de cada gramo de sal.
¿Para qué sirve el cloro?
Equilibrio de fluidos. El cloruro viaja junto al sodio por todo el cuerpo: donde va el sodio —que tiene carga positiva—, va el cloruro —que tiene carga negativa— para compensarla. Esa pareja de cargas opuestas controla cuánto líquido permanece dentro de los vasos sanguíneos, cuánto pasa al espacio entre las células y cuánto entra en el interior celular; el principio físico que lo hace posible es la tendencia natural de los fluidos a desplazarse hacia donde hay más partículas disueltas —la presión osmótica—.
Producción del ácido gástrico. El cloruro es la materia prima del ácido del estómago. Las células de la mucosa gástrica especializadas en producirlo —las células parietales— extraen cloruro de la sangre y lo combinan con iones de hidrógeno para fabricar el compuesto que hace tan ácido el jugo gástrico —el ácido clorhídrico (HCl)—. Ese pH muy bajo no es accidental: sin él, la principal enzima digestiva del estómago no puede activarse. Esa enzima se almacena en una forma inactiva —el pepsinógeno— y solo el ácido la convierte en su forma funcional —la pepsina—, que es la que descompone las proteínas de la dieta. Sin cloro, no hay ácido; sin ácido, no hay pepsina; sin pepsina, la digestión proteica no arranca.
Transporte de CO₂ en sangre. Cuando las células producen CO₂ como residuo metabólico, ese CO₂ entra en los glóbulos rojos y se convierte en la forma en que viaja la mayor parte del CO₂ hasta los pulmones —el bicarbonato (HCO₃⁻)—. Para que el bicarbonato pueda salir del glóbulo rojo hacia el plasma, el cloruro entra en sentido contrario para compensar la carga eléctrica: ese canje se llama intercambio de cloruro —o fenómeno de Hamburger— y es lo que permite transportar el CO₂ sin alterar el equilibrio eléctrico de los glóbulos rojos.
Neurotransmisión inhibitoria. El cerebro no solo envía señales de activación: también necesita frenar. El principal mensajero químico que frena las neuronas es el ácido gamma-aminobutírico (GABA). Cuando el GABA se une a su receptor, abre unos poros en la membrana neuronal que solo dejan pasar cloruro —los canales de cloruro—: el cloruro fluye hacia el interior de la neurona y la hace más difícil de disparar. Los ansiolíticos, los barbitúricos y el alcohol actúan potenciando ese flujo.
La sensación de relajación que produce el alcohol tiene una explicación química: más cloruro entrando en las neuronas.
Defensa inmune. Los glóbulos blancos de primera línea contra las infecciones bacterianas —los neutrófilos— engullen las bacterias y las destruyen desde dentro. Para ello usan una enzima que convierte el cloruro en una molécula extremadamente reactiva —la mieloperoxidasa—. El producto es el mismo compuesto activo que la lejía doméstica, capaz de destruir la membrana y el ADN bacterianos —el ácido hipocloroso (HOCl)—, fabricado dentro de tus propias células.
¿Cuánto cloro necesitas?
La EFSA ha establecido ingestas adecuadas para el cloruro derivándolas directamente de las del sodio: como el cloro representa el 60 % del peso del NaCl y el sodio el 40 %, las referencias de cloruro se obtienen aplicando esa proporción a las del sodio.
| Grupo | Ingesta adecuada (EFSA) |
|---|---|
| Adultos | 3.100 mg/día |
| Embarazo y lactancia | 3.100 mg/día |
| Adolescentes 15–17 años | 3.100 mg/día |
| Adolescentes 12–14 años | 2.800 mg/día |
| Niños 7–11 años | 2.300 mg/día |
| Niños 4–6 años | 1.900 mg/día |
| Niños 1–3 años | 1.500 mg/día |
Fuente: EFSA 2019.
Una cucharadita de sal (6 g de NaCl) aporta unos 3.600 mg de cloruro —por encima de la referencia diaria para adultos—. Cualquier dieta con una ingesta de sodio normal cubre automáticamente los requerimientos de cloruro, porque ambos iones llegan siempre juntos en la misma sal.
Fuentes de cloro en la dieta
A diferencia de la mayoría de los minerales, el cloro no tiene fuentes alimentarias propias significativas: su origen es casi exclusivamente la sal añadida durante el procesado o la cocción, o la que ya llevan incorporada los ultraprocesados. Las mismas fuentes que concentran sodio —conservas, embutidos, quesos curados, pan industrial— concentran cloruro en la misma proporción, porque ambos llegan como NaCl.
En cantidades menores, algunas verduras —apio, remolacha, tomate, espinacas— y las algas marinas contienen cloruro de forma natural, pero su contribución es marginal frente al aporte de la sal.
La absorción del cloro
Tu intestino absorbe más del 90 % del cloruro ingerido. La absorción tiene lugar principalmente en el intestino delgado, acoplada a la del sodio: los mismos canales que mueven sodio mueven cloruro en paralelo para compensar su carga eléctrica. El riñón regula la excreción de cloruro de forma coordinada con la del sodio, respondiendo a un sistema de hormonas que, al detectar una caída de presión arterial o de volumen sanguíneo, activa la retención de sodio y cloruro —el sistema renina-angiotensina-aldosterona—.
¿Qué ocurre si te falta o te sobra cloro?
Si te falta: El descenso del cloruro en sangre por debajo de 96 mmol/L —la hipocloremia— no resulta de una ingesta insuficiente en adultos con dieta normal; siempre tiene una causa que aumenta las pérdidas. Las más frecuentes son los vómitos prolongados —que eliminan HCl del estómago sin reponerlo—, el aspirado nasogástrico y los fármacos que aumentan la excreción renal de cloruro como efecto secundario —los diuréticos de asa, como la furosemida—. La consecuencia directa es que la sangre se vuelve menos ácida de lo normal —la alcalosis metabólica—: cuando el cloro cae, el riñón retiene bicarbonato para mantener el equilibrio eléctrico del plasma, y el pH sube. Los síntomas son debilidad muscular, espasmos y, en casos severos, arritmias cardíacas.
El caso de la fórmula de Syntex, descrito en la apertura, fue el único episodio documentado de deficiencia por ingesta insuficiente en humanos: un déficit de diseño, no de dieta.
Si te sobra: El cloruro por encima de 108 mmol/L en sangre —la hipercloremia— acompaña generalmente al exceso de sodio. En el ámbito clínico, el exceso de cloruro más relevante no viene de la dieta sino de la reanimación con suero salino fisiológico (NaCl 0,9 %) en unidades de cuidados intensivos: el suero fisiológico contiene más cloruro que el plasma, y su administración en grandes volúmenes hace que la sangre se vuelva más ácida de lo normal —la acidosis metabólica hiperclorémica—. Este hallazgo ha impulsado el uso de soluciones con proporciones de sales más similares a las del plasma —las soluciones balanceadas— en lugar del suero salino convencional en medicina intensiva.
La enfermedad que mejor ilustra la importancia del cloro no es ningún déficit ni exceso dietético: es una condición genética en que las células que recubren las vías respiratorias, el tubo digestivo y las glándulas —las células epiteliales— no pueden transportar el cloruro a través de sus membranas —la fibrosis quística—, causada por mutaciones en el gen CFTR, que fabrica esos canales de cloruro. Cuando esos canales no funcionan, el cloruro queda atrapado dentro de las células, el moco que recubre los bronquios se vuelve espeso y pegajoso, y las infecciones pulmonares de repetición definen el curso de la enfermedad. La prueba diagnóstica de referencia mide el cloruro en el sudor —por encima de 60 mmol/L es diagnóstico— porque el CFTR defectuoso también impide que las glándulas sudoríparas reabsorban el cloruro normalmente.
La prueba diagnóstica de la fibrosis quística mide el cloruro en el sudor. No en la dieta.
Lo que yo veo en la fibrosis quística —y que me parece el argumento más potente del artículo— es que ilustra algo que va más allá del cloro: en biología, no siempre importa cuánto ingieres, sino si tus células pueden hacer algo con ello.
El cloro no falta nunca en la dieta: lo garantiza la sal. Lo que puede fallar no es la ingesta, sino la capacidad de las células para moverlo.
Referencias
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